martes, 5 de mayo de 2009

¿Como sabes cuando alguien te gusta?



Sabes que una chica te gusta cuando te pasa la voz para ir al cine a ver Kung Fu Panda, y le dices que irás encantado, cuando bien es sabido entre los dilectos miembros de tu cada vez más amplio círculo de amistades que los dibujos animados te despiertan la misma letal indiferencia que, por ejemplo, los libros de autoayuda, las recetas de cocina, o la atormentada vida de las tortugas de las islas Galápagos.

Sabes que una chica te gusta cuando le envías un mensaje de texto al celular y te pasas los siguientes minutos contemplando la pantalla de tu teléfono, esperando su respuesta, con una ansiedad solo comparable a la ansiedad que tuviste de Cachimbo, cuando aguardabas nervioso los resultados (catastróficos) de tu examen de ingreso. Y de hecho sabes que ella te gusta cuando, al comprobar que su respuesta no llega, te empiezas a bombardear a ti mismo de mensajes de texto, con la única finalidad de comprobar que el sistema de telefonía móvil no se ha caído justo cuando más lo necesitas.

Sabes que una chica te gusta cuando una tarde estás saliendo de la universidad muerto de hambre, con las glándulas salivales en ebullición por no haber desayunado ni almorzado, pensando en devorarte una hamburguesa con huevo montado, jamón y tocino, y de pronto recibes una llamada de ella preguntándote si te darías una vueltita por su casa, porque tiene ganas de verte. Como el corazón tiene la capacidad de neutralizar al estómago (igual que la piedra a la tijera en el yan–kem–po), reprimes el hambre de prisionero de guerra que te marea, y cambias de dirección, con tal de ir, verla y oírla hablar de cualquier cosa: la universidad, el futuro, el fin del mundo, la inflación. Lo que sea.

Sabes que una chica te atrae cuando, luego de oír de su boca una frase medianamente prometedora, empiezas a sonreírle a todo el mundo. Les das monedas a los mendigos en las esquinas; les compras caramelos a los huérfanos; dejas que la chica que te atendió en el Grifo se quede con el vuelto. Te sientes un hombre de bien porque a ella, aparentemente, le gustas. Apenas te ha dicho que eres “lindo”, pero para ti esas dos sílabas gozan de una potencia estereofónica sobre la que se erige tu autoestima y extraordinario buen humor. En vez de caminar por la calle, bailas. Te trepas en los postes, saltas juntando los tacones en el aire, les pellizcas los cachetes a los niños gorditos y les cedes el lugar a las señoras en la cola del banco. Pareces un mimo huevón que no tiene otra cosa que hacer que contagiar su estúpida felicidad a los demás. Pobre mamerto. No sabes que el día que ella te diga que no quiere verte nunca más, el mundo te parecerá el Infierno mismo. Si ese día maldito, a un anciano quebradizo se le ocurre la mala idea de pedirte que por favor le ayudes a cruzar la calle, ay de él: lo mirarás con odio, lo mandarás al diablo, y no contento con ello lo golpearás con su propio bastón hasta lesionarlo y dejarlo tirado en la acera como una envoltura de galleta.

Sabes que una mujercita te gusta más de lo debido cuando te metes a su perfil del hi5 o facebook e inviertes horas de horas en escudriñar sus fotos, leer con detenimiento su perfil, y buscar algo de información útil sobre sus gustos, sus preferencias y, sobre todo, sus amigos. Tienes que contestar mails urgentes, tienes que hacer trabajos para la clases del dia siguiente, y sin embargo estás ahí, atrofiado, mirando –pixel por pixel– la sonrisa estática de la chica que se te ha metido en el cerebro como un imperceptible virus africano.

Sabes que una chica te vacila cuando al momento de vestirte para salir con ella por primera vez (o sea, antes de la primera cita oficial) recuerdas un comentario suyo: “me encanta cómo le queda la chalina a los hombres”; y empiezas –desaforado– a buscar una chalina por todos los rincones de tu casa. Abres los clósets reservados a la ropa vieja, te zambulles en un océano de prendas guardadas por años, y ahí, ahogándote con el olor a polilla muerta, rescatas una chalina de la década pasada, cuyo diseño está completamente fuera de onda. Te la atas al cuello creyéndote muy dandy, sin saber que lo primero que la chica te dirá al verte es: “sácate eso que te pareces a mi papapa”.

Sabes que una chica te gusta cuando, antes de darle el encuentro, acaso intuyendo que existe una micro posibilidad de robarle un beso, te cepillas los dientes con inusual frenesí, repasándote una y otra vez el hilo dental por los escondrijos más inaccesibles de tu boca (ahí, entre la endodoncia y la caries), y sorbiendo verdaderos ‘shots’ de Listerine para evitar que ella perciba el más mínimo rastro del olor de la pantagruélica Chita al Ajo arrebozada que te empujaste a la hora del almuerzo.

Sabes que ella te gusta cuando te pide que la acompañes a un concierto de New Heavy Punk en una taberna oscura, y tú –que eres un discapacitado para apreciar los alaridos de que está hecha esa música salvaje, y sientes claustrofobia en esas ermitas underground– no solo la acompañas ‘feliz de la vida’, sino que durante las interminables dos horas que dura el martirio auditivo mueves los pies, tamborileas la mesa y haces la finta gestual de que estás disfrutando plenamente el acontecimiento musical.

También sabes que una mujer te gusta cuando te levantas por la mañana y es en ella en lo primero que piensas. Y mientras te desperezas evocas su nombre, y al pronunciarlo te da la impresión de que se trata del nombre más bonito del mundo. No importa que sea Gertrudis, Josefa, Ruperta o Teófila. Cuando alguien te gusta, su nombre rezuma, hiede y expele una extraña belleza etimológica.

Sabes que una chica te gusta cuando, haciendo menoscabo de tus ideas y convicciones supuestamente más arraigadas, empiezas a torcer tus opiniones con tal de calzar en el imaginario que ella va delineando en sus conversaciones. Si ella dice que le gusta el campo más que el mar, pues a ti, de pronto, también te gusta (aunque odies a los mosquitos, aunque tengas alergia al polen y aunque el contacto con las plantas te saque roncha). Si ella cuenta que acude a Misa puntualmente todos los domingos y que le gusta hacer obras sociales en los Conos de la ciudad, tú desempolvas tus lecturas de catequista reprimido y sacas a relucir el lado menos marchito de tu catolicismo abandonado. Y si ella dice que su comida preferida es el ‘sushi’, pues tú la llevas a un restaurante de comida japonesa y tragas todos los ‘rolls’ que ella te da de comer, uno tras otro, sin importar que los langostinos te produzcan picosas hinchazones cutáneas, amén de horribles accesos de asma.

Sabes que te gusta una chica cuando empiezas a considerar que la colombiana Shakira no canta tan mal después de todo, porque una de sus canciones era la que sonaba de fondo en el taxi mientras ella accedía a darte el primer beso.

Sabes que te encanta cuando has quedado con ella en encontrarte en un lugar a las, digamos, 9 de la noche, y todo el maldito día se te pasa lentísimo. Miras el reloj compulsivamente, haciendo fuerza mental para que el minutero se mueva a mayor velocidad. La expectativa te mantiene intranquilo, inquieto. El tiempo avanza como una procesión. A falta de solo una hora para las 9 de la noche simplemente ya no puedes más con tu alma. Será la hora más larga de las muchas que has vivido y de las muchas que te tocará vivir.

Sabes que te gusta alguien cuando te importan una mier... las tradicionales chelas de los viernes, las charlas diarias con tus mejores amigos, o todo lo que antes ocupaba tu tiempo libre. Ahora solo quieres estar al lado de ella. Y si uno de tus mejores amigos te llama al celular porque necesita ayuda, y al hacerlo interrumpe un momento íntimo, pues lo mandas al carajo sin la menor culpa. Y si tú mismo organizas una esperada reunión de patas que no se ven hace lustros, pues la desbaratas si ella te llama para sugerirte hacer algo juntos.

Sabes que una chica te gusta cuando crees que Lima es una mejor ciudad solo porque ella vive ahí. Tú –que siempre despotricaste contra el tráfico, el frío, el cielo color cemento barato, la basura, la gente mañosa y cínica– ahora estás fascinado con vivir aquí, y no pasas una noche sin agradecerle a Dios (de quien te has vuelto un hincha acérrimo) por haberte permitido nacer en estas hermosas latitudes geográficas.

Sabes que una chica te interesa cuando, a pesar de tus 20 años y de tu retórica experiencia en estas lides, asumes con ella el correoso comportamiento de un adolescente de 14-15 años, y dejas de ser un hombre aplomado que se mueve con talento para convertirte en un alfeñique carcomido por las dudas.

Por último, sabes que una chica te gusta un montón cuando pierdes cerca de dos horas en elaborar una pormenorizada lista de situaciones que te demuestran que te gusta. Escribes un texto sobre eso y lo cuelgas en tu blog, cruzando los dedos para que ella lo lea pronto, se emocione, se decida y te pegue un telefonazo, te mande un mensaje (o te ponga siquiera un mail) para decirte cuánto le gustas tú.

AVISO 1: OH SI! no vino el profe de Socio, ta que los odio a todos por haber perdido en Winning, en especial a TI Christopher! JAJA
AVISO 2: El jueves despues de Ciencias Politicas nos vamos al hueco muxaxos weeeeeeee! D:


Leer más...

viernes, 1 de mayo de 2009

Me JODE verte feliz



Ayer viernes luego de tomar algunas cervezas con mi hermana R, me siento empilado y justo un amigo me manda un msj diciéndome que esta en un bar muy cerca de mi casa, cuando llego esta sentado en una mesa rodeado de 4 tipos que no conozco. Nos saludamos efusivamente y me invita a sentarme.

Uno de ellos me sirve de inmediato una cerveza y yo interpreto ese gesto como una muestra de cordial bienvenida. Mientras chocamos nuestros vasos, siento que estos sujetos extraños me caen bien, porque me han recibido con buena onda. Quizá hasta haga buenas migas con alguno de ellos pienso durante el sorbo inicial.

La mesa esta atestada de vasos, ceniceros colmados de colillas, dos jarras de cerveza y un pote de cancha salada. Son más de la 1 de la mañana.

Mi amigo y yo nos sumamos a la conversación grupal. Capto que están hablando de mujeres: sus novias actuales, sus ex enamoradas, las viejas conocidas, las nuevas anónimas, las meseras que atienden en el local, las chicas que van y vienen a nuestro costado.

Aunque es una conversación llena de machismo, me divierte.

De repente, ingresa al bar una chica que impacta a todos. Parece salida de un póster, de un comercial de lencería, de un desfile de verano de esos que hay en Asia. Pelo suelto alaciado, blusa de verano, minifalda, tacos. Esta muy guapa y avanza erguida y lenta como un ciervo desconfiado que sabe que acaba de pisar un territorio de bestias muertas de hambre.

-Mire esa flaca, que rica, anuncia uno de los chicos de la mesa, mientras engulle, con modales desprovistos de toda urbanidad, un puñado de cancha.

Todos volteamos a mirar a la advenediza, que como una Diosa camina entre las mesas, buscando un lugar donde situarse.

Ahí esta ella: flotando sobre la laja de este lugar mugriento, levitando en medio de los parroquianos, que la contemplamos boquiabiertos como si fuera la mismísima Miss Universo.

Y aquí estamos nosotros: siguiéndola desde nuestras sillas, como esperando que algo de ella (un pelo, una uña, siquiera una callosidad) nos roce la piel; aguardando su mano nos toque la cabeza y nos salve así de la mediocridad de ser unos simples mortales.

De pronto la voz de uno de mis nuevos compañeros quiebra el precipitado silencio en el que estábamos envueltos:

-Si, esta bien rica, pero si vieran a su novio: es un imbécil
-¿Ah, si? No jodas, replica otro, como pidiendo mas detalles

-Si lo conozco del club. Es un huevonaso medio fumón que se computa la cagada porque tiene billete y maneja una cañaza. Dicen que le saca la vuelta cada vez que quiere, agrega presuroso el informante.

-Puta, que tal injusticia: esa mamita tan linda con un atorrante. Fijo que se le debe clavar bien, especula un tercero. -acá hago una pausa, no sabia si escribir esto pero creo que la esencia del blog es hablar sobre mis anécdotas tal y como son, sino carecerían de sentido no creen?- Bueno sigamos...

-Bueno, pero si le gustan ese tipo de huevones, debe ser una corcha, concluye mi amigo, que con esa acotación delata unos prejuicios retrasados que no le recordaba.

-De hecho que es una corcha. Además, fíjense, no mira a nadie la cojuda. Se jura lo máximo. Seguro que para con puro mongo, observa, molesto, otro de los integrantes de este curioso clan.

-Salud, propongo yo, como para devolver el gesto con el que me recibieron, pero sobre todo para cambiar de tema y dar por concluida tan sofocante e indiscriminada sesión de comentarios rastreros.

Horas mas tarde, de regreso a mi casa, mientras caminaba recordaba este pasaje de la charla con mi amigo y esos cuatro fulanos y caigo en la cuenta de lo patético del cuadro visto desde afuera: cinco hombres especulando sobre la vida ajena; chismeando como urracas viciosillas, basándose en trascendidos, llegando a conclusiones que quizá nada que ver tengan con la realidad.

Según la gente de la mesa, la chica guapa del bar tenia un enamorado muy imbécil.

Que novedad. En esta ciudad -acaso en todas las ciudades del segundo y tercer mundo- todas las chicas guapas, vistas a través de los ojos sulfurosos de un puñado de mamarrachos infelices, siempre tendrán a un imbécil por novio.

Y esta noche, qué duda cabe, estos tipos, que al inicio me simpatizaron tanto, acabaron actuando como unos infelices en pleno ataque de envidia.

Lo que quiero decir es que cualquiera quisiera ser novio de una chica guapa y segura como la del bar, pero ante la imposibilidad de serlo, ante la amarga certeza de que ella no está disponible, y que hay alguien con quien le gusta caminar, bailar y hacer otras cosas; ante ese crudo escenario, el único consuelo que queda es el insulto gratuito, el rencoroso vilipendio extendido contra el sujeto afortunado que se la lleva todas las noches a la cama.

Fomentar la idea de que ese chico equis es un imbécil (muy al margen de que lo sea o no) es una manera algo esquizofrénica de tranquilizarnos, de anestesiar el ego herido, de calmar el hígado revuelto.

(…)

Muchas veces –casi siempre diría yo- los comentarios que hacemos respecto de terceras personas, en lo que al ámbito sentimental se refiere, nacen de un resentimiento alojado en la zona más negra de nosotros mismos.

Es una situación triste y mediocre que se hace graciosa de puro repetitiva y cotidiana.
Por eso, cuando pasa frente a ti una chica deslumbrante, nunca faltará el envidioso que suelte al aire la misma objeción cargada de mala onda: “pero si su enamorado es un cojudo”. El protestante con seguridad no conoce al enamorado de tan simpática criatura, pero para acarrear su frustración se siente éticamente obligado a disparar esa cobarde afirmación.

Similar envidia se manifiesta en diversas circunstancias, buscando generar el descrédito de un tercero que, por ausente, termina pagando los platos rotos.

Por ejemplo: si la chica que te gusta (y que no te corresponde) está ligando con un hombre mayor, cada vez que alguien te pregunte por ella dirás indefectiblemente: “está con un viejo de mierda, un cochambroso al que ya ni se le para”.

Es probable que aquel hombre mayor sea en realidad una persona noble, esforzada y talentosa; es probable que le brinde a la chica toda la seguridad que a ti te falta; y es probable incluso que él goce de más erecciones diarias que tú. Sin embargo, todos esos detalles palidecen al lado de tus oscuras intenciones. Como él está en el lugar en el que a ti te gustaría estar, entonces le escupes, lo difamas, lo desprestigias.

La misma clase de envidia primitiva sale a relucir cuando tu ex novia —la que te abandonó, que es preciosa y mucho menor que tú— se engancha con un muchacho de su edad, un chiquillo del Instituto o la universidad.

Si ese es el caso, cada vez que tus amigos te pregunten por ella, tú les dirás muy resuelto y ganador: “he oído que se ha encaprichado con un chibolo inmaduro que corre tabla, uno de esos huevonazos sin futuro”.

La artera piconería que te corroe no te dejará aceptar que quizá tu ex novia es feliz con ese joven vigoroso (más feliz de lo que era contigo), y que tal vez el huevonazo que no tiene ni puta idea de su futuro no sea él, sino tú. Como es lógico, tampoco aceptarás lo mucho que en el fondo te gustaría saber correr tabla.

(...)

Por supuesto que esta envidia nos toma por víctimas a todos, hombres y mujeres. Y en ese trance las mujeres suelen ser más cínicas e implacables.

He visto a más de una saludar con desbordante cariño a una supuesta amiga encontrada en la calle y luego –cuando la ‘amiga’ ya está lo suficientemente lejos como para no escucharla- lanzar contra ella las maldiciones más indecibles.

Imagina esto: estás en la playa con un grupo mixto de amigos conversando sobre cualquier cosa. De repente, cerca de ustedes cruza una mujer escultural en bikini que se roba las miradas lascivas de los chicos y deja en incómoda posición a las chicas, muchas de ellas mantecosas, brazudas y llenas de estrías.

Si eso ocurre, ten por seguro que cuando la mujer del bikini se haya alejado unos metros, alguna de las chicas del grupo murmurará: “qué bestia, qué operada está esa tía. ¿Le vieron las tetas? Pura silicona”.
Ahí nomás, otra envidiosa reforzará el ataque unilateral diciendo: “así cualquiera se ve regia, pues, qué fácil”. A lo que una última rolliza apuntalará: “una que se mata en el gimnasio, mientras otras van y se meten aceite de avión en el poto; qué tal concha carajo”.

Lo que me da risa de las mujeres (ok, de algunas mujeres) es cuando se esconden en parejas para despedazar a otras féminas. Eso es clásico, por ejemplo, en una reunión. De tanto en tanto ves parejas de chicas retirarse discretamente de la sala rumbo al baño y la cocina. Si las sigues y pegas el oído a la puerta (y acepto sin orgullo que lo he hecho), oirás cómo dinamitan las famas ajenas de una manera escalofriante.

No solo critican vestidos, apariencias y looks, sino que además canjean información selecta sobre el pasado y la biografía de la muchacha a la que están destruyendo, y a la cual –desde luego le pasarán franela un ratito más tarde.

Alguien me dijo una vez –y vaya que tiene razón- que una casa es como un teatro, en donde la sala equivale al escenario y la cocina y el baño equivalen al backstage. Es decir, en la sala, sobre la alfombra y los sofás, la gente monta una actuación, mientras que los otros ambientes la gente se calatea y habla con franqueza.

Pero la envidia no solo se activa ante la belleza que nos falta, sino básicamente ante la felicidad que no tenemos. Por ejemplo, esto también es típico: ves a una pareja de enamorados de lo más acaramelados en la vía pública y comentas la escena con absoluto resquemor: “mira ese par de tarados, qué huachafos, dándose besitos en una banca”.

Lo que no dices es cuánto te gustaría estar allí, recibiendo esos mimos, sintiéndote importante y necesario para otra persona, dejando de ser, siquiera por un minuto, ese hombre tenso, angustiado e incapaz de emocionar que en el fondo eres.

Algo raro hay en nuestra naturaleza que nos lleva a criticar al que la está pasando bien; a zancadillear al que ha logrado el equilibrio; a empujar al que, desafiante, se ha asomado al precipicio.

Si vemos a un fortachón de la mano de una chica bonita e inteligente, decimos por lo bajo, entre dientes, que él seguramente se infla los músculos inyectándose esteroides todas las noches. Y si el fortachón usa camisetas apretadas, no perdemos la oportunidad de sugerir que alguna tendencia homosexual debe tener. “Así son, pues, debajo de todos esos bíceps y pectorales siempre hay una marica profunda”, sentenciaremos, celosos.

Y si, por el contrario, vemos a esa misma chica caminando de la mano con un sujeto de aspecto sucio, o de rasgos cetrinos, de inmediato soltamos la teoría de que se trata de un pariente. “Ese feo debe ser su primo, ni cagando es su macho”, dirá más de uno, carcomido por el ardor del que no puede estar ahí.

(…)

Recuerdo una escena de hace años, al lado de S, mi primera enamorada en serio.

Ella era muy atractiva y desde el inicio de nuestra relación yo debí acostumbrarme a que la piropearan y silbaran en la calle. Aprendí a convivir con eso, porque si me hubiese puesto a pedirle cuentas a cada uno de los admiradores espontáneos que salían a su paso (desde albañiles hasta surferitos) habría protagonizado más de una escaramuza semanal.

A la gente le encanta hablar del resto. Como se aburren muy rápido de ellos mismos, prefieren invertir el tiempo de conversación pontificando y exagerando la existencia de los demás, dando vida a un retorcido teléfono malogrado que solo produce malos entendidos.

Por ejemplo, imagina que una noche oyes por fuentes de segunda mano que Bruno, un conocido tuyo, anda en crisis con su novia, porque, al parecer, él estuvo tomando clandestinamente unas pastillas antidepresivas que afectaron brevemente su rendimiento sexual.

Escuchas esa información incompleta, te fías de ella inescrupulosamente y estableces arbitrarias e injustas conjeturas.

La siguiente vez que alguien, en otro círculo social, te pregunte qué es de la vida de Bruno, tú –manipulando groseramente los pocos datos a los que tuviste acceso– te despacharás sin misericordia. Pondrás cara mortificada y dirás que Bruno sufre de impotencia crónica, que su próstata presenta trastornos que le impiden completar una erección, y que eso ha obligado a su novia a abandonarlo para siempre.

Lo más probable es que en ese mismo instante, mientras tú lo haces puré, Bruno ya haya normalizado la relación con su enamorada y esté en plena faena amatoria. Pero, claro, esas contingencias pasan a segundo plano: lo que importa es que tú seas el centro de la atracción, el ‘showman’ que se llena la boca con los chismes más calentitos.

(…)

La envidia de la gente nunca debería disuadirnos de buscar la felicidad tal cual la imaginamos.

Siempre habrá algún medroso dispuesto a tumbarte, a pasar por encima de ti, a lanzar cuchillos a tus espaldas y a sembrar minas antipersonales en el camino por el que avanzas.

Siempre habrá algún cabrón que, incómodo con tu momento de felicidad, intentará borronearlo. Pero que no te dé pánico: que te dé risa.

Porque tu sonrisa más auténtica lo liquidará inapelablemente.

Aviso 1: Maykel acá si me esforcé ah jaja, ya no esta tan corto como el anterior.
Aviso 2: Hoy sábado no salgo nica, tenemos que estudiar para Sociología Jonathan, si no de ahí, quien podrá defendernos?


Leer más...